El veredicto llega en marzo. La sentencia es parcial, como casi todo en Valcrest: ni la peor versión posible ni la mejor. Marco Voscari pagará un precio. Dante, no. Y lo que queda después del juicio es exactamente la pregunta que los dos han estado aplazando: ¿qué hacemos ahora que ya no hay nada que esperar?
En el último libro de la saga, todos los hilos llegan a su punto de resolución. Dante declara ante el tribunal con más honestidad de la que su abogado esperaba. Marco busca a Elena por segunda vez, pero esta vez no para alejarla sino para reconocer que se equivocó. Sofía Mora le cuenta a Ernesto la historia que guardó durante veintiocho años. Don Aurelio, el archivero que conectó a Elena con la historia real de Valcrest, muere tranquilo en su sillón y deja como legado que el nombre de Adela Russo aparezca por fin en un documento oficial.
Y Elena presenta ante el ayuntamiento el proyecto de renovación del Puerto que empezó el primer día que llegó a clase con el plano bajo el brazo. El mismo proyecto que creció junto a todo lo demás.
Una novela sobre lo que queda cuando el fuego se apaga. Sobre la diferencia entre heredar un nombre y elegir quién quieres ser. Y sobre el tiempo que hace falta para que dos personas encuentren, sin buscarlo exactamente, el lenguaje correcto para hablarse.





